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Cotopaxi ofrece al turista su cultura ancestral combinada con su belleza natural [Video] PDF Print E-mail
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Written by Andes   
Friday, 30 March 2012 05:00

A 89  kilómetros al sur de Quito, por la vía Panamericana, encontramos la provincia andina de Cotopaxi, que en voz Cayapa significa “Dulce Cuello del Sol”.
Con una superficie de 6,569 kilómetros cuadrados, Cotopaxi cuenta con siete cantones (municipios) que son: Latacunga, La Maná, Pangua, Pujilí, Salcedo, Saquisilí y Sigchos.
La puerta urbana de la provincia es justamente su capital, Latacunga (Llacta Kunka: Dios de las Lagunas), ubicada a 2,800 metros sobre el nivel del mar, similar al de la capital ecuatoriana, Quito.

Antes, sorprende el paisaje andino, de exuberante vegetación, pastizales de color verde amarillento y un frío intenso que anuncia nuestro paseo por el Parque Nacional Cotopaxi. Con un poco de suerte, si las nubes lo permiten, podremos divisar al guardián de la provincia, el imponente Cotopaxi, con sus 5,943 metros de altitud.

El Cotopaxi es el volcán activo más grande del mundo, todo un reto para los expertos ascensionistas.

La ciudad es un importante centro comercial y turístico de la región: calles rectas y estrechas, muchas de ellas empedradas, con callejones que se conectan para conformar el paseo Ruta de las Iglesias, entre ellas Santo Domingo, El Salto, La Catedral, que aportaron  a que Latacunga sea considerada “Patrimonio Cultural del Ecuador”.

En su gastronomía se destacan las chugchucaras, tradicional plato compuesto esencialmente de las distintas presentaciones del maíz: tostado, empanadas de harina de maíz, mote y canguil, además de cuero reventado, plátano maduro y trozos de carne de cerdo. ¿Para tomar? Un vaso de chicha de jora elaborada con maíz germinado, que se muele seco y se cuece en bastante agua para luego someterlo al fermento.

Helados de sabores

Más al sur se encuentra el poblado de Salcedo. Allí, el deleite de grandes y chicos son los famosos helados de sabores, tradición iniciada por las monjas del claustro, décadas atrás. El orden de sus colores y sabores son: el blanco de la crema, el rojo de la mora, el amarillo de la naranjilla y el rosa del taxo.

Diez kilómetros al oeste está Pujilí, con paso obligado en el poblado de San Felipe, particularmente en la plaza central. Al grito de “¡venga, venga, lleve las tortillitas de maíz… siete un dólar no más”, un grupo de vendedoras nos ofrecen su producto tradicional.

Desde muy temprano, Rosa y su hermana menor, arman los puestos de venta al pie de la iglesia de San Felipe, junto a la vía, siempre visible para turistas y lugareños.

Rosa se levanta temprano para elaborar la masa de maíz y mezclar el queso con cebolla, principales elementos en la preparación de las deliciosas tortillas de San Felipe. En una paila de bronce las fríen y con el calor se derrite el queso para darle  un sabor especial.

Rosa invita a los transeúntes que visitan el lugar a saborear esta comida, mientras amontona las tortillas, una sobre otra, al filo de la paila, mientras deja un espacio sobre el aceite caliente para soltar las pequeñas masas de maíz.

Tampoco podemos dejar de lado uno de los productos más apetecidos de este lugar: la tuna,  fruta silvestre de propiedades nutritivas y curativas, con calcio, hierro y vitamina C, como confirman los moradores del sector.

Finalmente llegamos a la localidad de Pujilí, pequeña urbe rodeada de dorados pajonales y altas montañas; llena de historia, cultura y gente trabajadora. Aquí, los turistas nacionales y extranjeros pueden desviar un poco el camino para conocer la feria indígena de Zumbahua y admirar la belleza natural de la laguna de Quilotoa, que forma parte de la reserva ecológica Illiniza y cuyo nombre proviene de los vocablos quichuas “quiru” (diente) y “toa” (reina).

Pujilí, que en quichua significa “Posada de juguetes”, tiene como uno de sus símbolos más representativos a “El Danzante”, personaje principal de la fiesta del Corpus Cristi que se realiza en junio, semanas después de la Pascua de Resurrección, y fecha que es considerada “Patrimonio Cultural Intangible de la Nación”.

El Quilotoa

De origen volcánico, la laguna de Quilotoa tiene aproximadamente tres kilómetros de diámetro con sus aguas de color turquesa, debido a que es rica en minerales.  Su temperatura oscila entre 1 y 16 grados centígrados. Tiene una profundidad de 240 metros.

Alrededor de esta sorprendente formación natural se construyó la leyenda de que hace un tiempo, en la caldera circular ubicada en el centro del volcán, aparecía en la superficie de la laguna un dios llamado Quilotoa, a quien se lo consideraba el rey de las erupciones de todos los volcanes y que destruía todo a su paso.

Además, cuando el volcán entró en erupción fue porque se trataba de una pelea de dos dioses, que en el siglo XVIII destruyeron todo lo que existía a su alrededor.

Un hombre de la zona presenció la pelea entre los dos dioses, que se arrojaban fuego el uno al otro. Nadie sabía quién era el dios que peleaba con Quilotoa.

Pero dicen que este dios era Toachi, que le tenía odio a Quilotoa, porque en su laguna refleja el color del cielo, mientras que Toachi, que estaba al fondo del cráter no podía desahogar su furia y por ese motivo se producían grandes desastres en el sector.

Así es esta provincia mística, fascinante, aventurera, formada por hombres y mujeres trabajadoras, respetuosas de la tierra, de su “Pacha Mama”.


 

Last Updated on Wednesday, 28 March 2012 15:04
 


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